Vive si...

Riaño Vive dentro de los que hemos vivido en él,
Anciles, Burón, Éscaro, Huelde, La Puerta, Pedrosa, Riaño, Salio...
nada nos ha llenado tanto como su todo,
debemos recuperarlo aunque solo sea un poco,
y no habrá futuro para nosotros y nuestros hijos más gratificante,
que volver a vivir en él, sin que sea un sueño.
Riaño, hace 23 años "muerto", Riaño asesinado,
y los hombres lo mataron, con sus envidias y engaños, y ahora,
después de estos años, hay quién lo quiere olvidar pero,
por mucho que se quiera, si has vivido ahí, en un lugar así,
Riaño no se olvida jamás, y más,
si ahora lo ves, hundido en la miseria, de querer ser,
lo que fue siempre, ignorando lo que fue.
.......................................que las aguas vuelvan a su cauce.

martes, 2 de julio de 2013

...en Heidi

Desde el corral de casa donde esta aparcado con las puertas abiertas; a mis 12 años recién cumplidos y junto a parte de mi familia, mi madre y dos hermanos, nos metemos en el seiscientos amarillo, dirección a un nuevo lugar llamado Carabanchel, en la gran ciudad de Madrid, para no sabía entonces, cuanto tiempo. Un largo, monótono y ajetreado viaje a través del llano castellano nos esperaba. Guardo el recuerdo nítido de la explanada en el pueblo de Mayorga de Campos, llena de aperos de hierro oxidado, donde comíamos bajo el sol de verano, juntos, unos bocadillos que mi madre nos había preparado por si surgía la ocasión, como así fue. Mientras tanto, mi primo Miguel Carracedo buscaba la manera de arreglar el sistema de refrigeración del 600, que echaba una nube de humo blanco por el motor. Fueron varias horas bajo el duro sol de Mayorga hasta reanudar el incierto camino. Lo contemplaba en marcha en mi asiento con una mezcla de tristeza e incertidumbre. Desde la ventanilla no dejaba de mirar cada segundo el paisaje en movimiento con sus pueblos a lo lejos, en la llanura amarilla; y sus torres de iglesia sobre las modestas casas agrupadas a su derredor, que parece que la sostuvieran, pensé.
Cuando quedaban unos 50 km. Miguel comento que a partir de entonces la distancia se nos haría mas corta que ninguna. No se muy bien porque lo dijo pero, para mi, fueron los kilómetros mas largos que nunca había recorrido metido en un vehículo; entre túneles y autopistas y cada vez más coches a nuestros lados, fuimos llegando y llegando  a la ciudad…
Así por fin, a la luz de las farolas y focos de vehículos, llegamos de verdad al barrio que me esperaba, Carabanchel. En la calle denominada Avda. de Oporto. Un lugar en el que creo, desde el primer momento en que puse los pies en el, tuve la profunda convicción, inconsciente; de que era para mi, un lugar de paso. De la misma forma que pienso ahora, después de todo lo sucedido, que ese montón de agua demoledora de vida que cubre el valle de mi pueblo, algún día desaparecerá. Por que es lo justo y es lo natural, sencillamente. Y por que no decirlo, por que el agua fluye.
Ahí debía quedarme hasta regresar. Eso sería desde entonces lo que marcaría mi ciclo de vida, la ilusión de volver a mi pueblo. Algo que sucedería en vacaciones pero que suponía para mí, mucho más que eso. No recuerdo sufrir ningún trauma ni nada parecido por la ausencia de la libertad que había vivido hasta entonces, solamente los días pasaban ahora sin mayores alicientes fuera del colegio, que mirar los coches y la gente pasar desde la ventana a través de las rejas que la guardaban. Todos los buenos amigos que hice callejeando en aquel para mi, triste barrio madrileño; nunca llegaron ya después de pasados los años, a significar tanto como aquellos con los que compartí mi infancia en el corral. Y nos es que no quisiera hacer amigos por estar amargado al venir a la ciudad, no. Como he dicho, ni siquiera lo recuerdo. Sencillamente, desde mi experiencia, creo que la vida en la ciudad es, con todos los respetos, por muchas razones, aburrida y triste. Gris. Un lugar inhóspito para un niño en el que no queda más alternativa que ser rescatado por sus mayores dejando pocas posibilidades para desarrollar sus instintos de niño, poco más allá de la acera de casa. Un mundo sin duda aburrido en el que mis raíces solo se deslizaron por su superficie y obligado por las circunstancias.
Quizá ahora entendáis un poco el porque del título de este texto, Heidi; que sin ánimo de querer ser sensiblero, he de reconocer, su recuerdo frente al televisor en las tardes del sábado en el piso de la avenida de Oporto, viendo los capítulos que me hacían estremecer de emoción; como lo hacen ahora al volver a verlos 35 años después, junto a mis hijos.
Heidi, una bonita historia para nuestros pequeños hijos, llena de sensibilidad. Os la recomiendo.

*el pequeño de Agapito y Nati

RIAÑO VIVE
Plataforma por la Recuperación del Valle de Riaño

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